EDITORIAL ENTRE RÍOS

Son los mismos

 

Hoy se cumplen veinte años de aquel 20 de diciembre de 2001 que cambió la Historia y como tal la vida de todos los argentinos. De los que vivimos esos momentos y de los que vinieron después, aunque no los hayan vivido. Recuerdos, vivencias, imágenes, sentimientos, tratan de armar seguramente de manera más o menos desordenada y fragmentaria el rompecabezas de un acontecimiento tan extraordinario por su trascendencia, pero sobre todo por su carácter colectivo. Son muy pocos los momentos en la vida de los pueblos en que tantas personas de distintas clases sociales confluyen en reclamos comunes con tanta fuerza y, aunque se lo quiera negar, en la mayor parte de los casos, de manera espontánea. En los recordatorios de la televisión argentina, anoche, las imágenes y los testimonios eran tan fuertes y emotivos como cínicas las actitudes de varios de sus protagonistas que, a veinte años, siguen repitiendo consignas que poco o nada tienen que ver con lo realmente sucedido. En algunos casos, como el del ex ministro de Economía y padre intelectual del proceso que llevó al estallido -la Ley de Convertibilidad-, con la soberbia de quien no se hace cargo absolutamente de nada de lo que pasó.

Más allá de los análisis políticos de aquel acontecimiento y de sus consecuencias, hoy es un día de recordación y de recogimiento por las víctimas, en su mayor parte por balas policiales, que se llevaron la vida de 38 compatriotas. En nuestra provincia fueron las de Romina Iturain, Eloisa Paniagua y José Daniel Rodríguez, quienes perdieron sus vidas en medio de la caótica situación de una provincia que estaba en el fondo de la de por sí gravísima crisis nacional.

Un titular de aquellos días alerta sobre el presente. El diario Clarín tituló el 6 de diciembre de 2001: “El FMI dijo no: la crisis se profundiza”. Solo catorce días después ya no había gobierno. Después de negociar y renegociar blindajes y megacanjes, unos más ruinosos que otros para nuestro país, finalmente el cuco de la corrida bancaria había llegado. Y había que responder a los ahorristas con reservas que no existían, porque -tal vez te suene esto- se las habían fugado. Así nació la última gran idea de Mingo Cavallo: el corralito. Y después fue en caos.

La oposición de izquierda y de derecha, abroquelada, le votó en contra al Gobierno el viernes pasado. Y lo dejó sin presupuesto. Para cualquier gobierno es complicado gobernar sin presupuesto; Cristina debió hacerlo en 2011. También es un problema para los gobiernos provinciales. Pero más lo es para un gobierno en la situación actual. Se está en negociaciones con el FMI por nada menos que 45 mil millones de dólares de una deuda que, con intereses, llega a los 53 mil millones, y de los que 19 mil millones vencen el año que viene. Esto se suma a los 66 mil millones dólares de deuda reestructurada con acreedores privados, a la que no por reestructurada significa que no haya que pagar. En un contexto conformado por índices de pobreza, de indigencia, de desocupación como hacía décadas no se registraban. En algunos casos, muy cercanos a los de aquellos días del 2001. Producto, hay que decirlo claramente, del parate de la pandemia, pero sobre todo de un gobierno como el de Macri, que retrotrajo todos los registros de bienestar popular que se quieran buscar. Que trajo de nuevo al FMI al país como acreedor condicionante de la soberanía política nacional y del que encima, hoy, sus principales responsables, pretenden darse el lujo, blindaje mediático mediante, de responsabilizar a este gobierno por la situación y -el colmo de la caradurez- también de la deuda.

El estallido del 2001 le sucedió a un gobierno que no hizo más que continuar con un ciclo neoliberal de derecha que llevó a todo un pueblo a la exasperación. Es la misma derecha, son los mismos personajes, del mismo bando, los que ahora se ilusionan con que la amarga medicina se la tome un gobierno popular. La respuesta está en nosotros.

Editorial de José Luis Ferrando, licenciado en Comunicación Social, periodista de LT14 Radio Nacional Paraná.