CULTURA CATAMARCA

Se conmemoran 113 años del fallecimiento del arqueólogo y jurista Adán Quiroga

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Adán Quiroga, murió un 10 de noviembre de 1904, luego de haber dejado un legado cultural  invaluable para la provincia de Catamarca.

Hoy se conmemora un año más del fallecimiento de Adán Quiroga, quien murió un 10 de noviembre de 1904, luego de haber dejado un legado cultural  invaluable para la provincia de Catamarca. Había nacido en San Juan el 6 de marzo de 1863, era hijo de Joaquín Quiroga Navarro (sanjuanino) y de Josefa Ovejero (salteña).

Su padre fue nombrado juez federal en nuestra provincia por Bartolomé Mitre. Empacó todo y se vino en diligencia por los polvorientos caminos, con su familia: su esposa y su único hijo, Adán, de tres años-, quien años después, habría de enaltecer con su pródigo talento, no sólo a la provincia que le diera albergue sino también a la ciencia y a las letras del país.

Catamarca contaba entonces con 5.000 habitantes y disfrutaba de un sosiego envidiable, era poco más que una aldea y poco menos que una ciudad. Recostada en el Ambato y a orillas de un río generoso, la ciudad podía enorgullecerse por esos días de tener un Fray Mamerto Esquiú, que asombró al país con su célebre sermón sobre la Constitución.

El niño Adán ingresa a San Francisco, allí aprende sus primeras letras, asistido por Dña. Jacinta Salas, y aprende latín y hebreo en la cátedra creada por el padre Ramón de la Quintana. Todo le interesaba: se presentó en las rondas de las tertulias paternas y preguntaba acerca de todo de lo que escuchaba, le interesaba  muy particularmente todo aquello que tocaba a su fantasía, las leyendas y los indios. ¡Cómo no interesarse por los indios!, tema obligado de toda tertulia. Épocas de expediciones como la de Mansilla a los Ranqueles. El niño aprende el quichua, conjuga y declina el latín, tenía facilidad para los idiomas, entonces su padre lo envía a Buenos Aires para que aprenda el inglés en el “English College” y toma la diligencia entusiasmado, regresando pronto para hacer el bachillerato en el Colegio Nacional. Concluido el secundario ingresó a la Universidad.

En el Nacional de Córdoba, se graduó como doctor en Leyes (Derecho Penal y Canónico). Fue compañero de Joaquín V. González, con quien fundó el periódico “La Propaganda”, y escribió en “El Interior”. Desde 1887 publicó obras de derecho: “Delito y Pena” (su tesis ), “La Horca en la República Argentina”, (…), “Proyecto de Ley Orgánica de los Tribunales” y “Proyecto de Código de Procedimientos de la Justicia de Paz”. Ya en Catamarca fundó “El Combate” y dirigió otro diario. Su periodismo y su política lo colocaron en la oposición. Fue encarcelado y desterrado a Tucumán; y allí fundó otro diario: “El Nacional”. Apenas llegado lo designaron juez. Desde allí prosiguió con sus investigaciones arqueológicas y antropológicas, publicando en esa, en 1897, su libro “Calchaquí”.

Descubrió importantes sitios y piezas arqueológicas, entre ellos “El Shincal” (1901) que está siendo reconstruido actualmente. Su pasión por la acción política lo llevó desde la intendencia de la Capital hasta el cargo de subsecretario del Interior, en las postrimerías de su vida.

Sin embargo, entre sus aficciones más amadas, estaba la poesía. Perteneció a la segunda generación del romanticismo, (…) tradujo del alemán, inglés, francés, italiano, latín, y dominó las lenguas aborígenes.

A los 26 años se retiró de la Justicia provincial. Lo hizo para consagrarse a la vida de retraimiento. Funda un periódico, “Los Andes”, y se deja arrastrar por sus otras vocaciones: el folklore, la arqueología, la política. Vuelve por la literatura con la publicación de “Álbum Literario”. Había formado un hogar con Dña. Delia Gómez Acuña, de tradicionales familias catamarqueñas, y tuvieron seis hijos. Evidentemente el pudor le privaba de mostrarse poeta. “Hay algo dentro de mí que infunde aliento, / pero hay algo también, que desespera…”

Falleció a los 41 años. “Qué poca suerte para Catamarca que se apagara tan joven su hombre más preclaro. Lo que hubiese producido de haber vivido más, nunca se sabrá; pero sí se saben cuáles fueron sus últimas palabras en su lecho de muerte: “¡Abran la ventanas, qué importa robar un poco de oxígeno a los pájaros!”

Bibliografía: Ernesto Morales, Lafone Quevedo, Leopoldo Lugones y Gumila Berrondo.