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Marvin Juárez, de Guatemala a Rusia

por Marina Kétlerova

Hace ocho años, viviendo en Panamá, el joven guatemalteco Marvin Juárez decidió emprender “un viaje a un país diferente, hacer algo totalmente distinto”. Y llegó a la capital rusa que le dio la bienvenida con un frío de treinta grados bajo cero.

Y se encontró con una ciudad y una realidad que no parecían a lo imaginado, a los clichés que se conocen sobre Rusia en el mundo.

Le encantó el ritmo de la vida moscovita, y se enamoró del idioma.

“Fue como amor a primera vista, o a primer oído”, asegura Marvin.

Aprendió el ruso por su cuenta, y esta experiencia le ayuda hoy en día a llevar un club de conversación en spanglish en la Biblioteca Estatal de Literatura Extranjera, a motivar a otros, hacerlos perder el miedo de hablar, superar la barrera lingüística.

“Siempre pongo de ejemplo un niño de tres años que no domina la gramática pero habla con soltura. El niño se siente motivado y hay un progreso […] ¿Cuál es el fin último? Comunicarse, comunicar”, subraya Marvin.

Su fuente de inspiración personal es ver a los alumnos “alegres, sonrientes”, y asegura que “no estoy trabajando aquí. Nos estamos divirtiendo, estamos compartiendo conocimiento”.

En estos años, el guatemalteco se adaptó tanto a la vida en la capital rusa, que, según sus propias palabras, “se transculturalizó” hasta tal extremo que a la gente no se le ocurre tomarlo por extranjero.

“La gente no me trata como extranjero, se acerca y me habla directamente sin pensar si hablo ruso o no”, explicó.

Y es que, como manifiesta Marvin, “uno es del lugar donde vive”. Y para él este lugar es Moscú.