Lunes 30 de Junio
La postura de los grandes medios ha generado en los últimos meses una serie de críticas indiscriminadas. Millones de ciudadanos hablan hoy en plural “de la televisión”, “los diarios” o “las radios” como si metiendo a todos en la misma bolsa fuese posible llegar a alguna verdad. Cualquier ciudadano tiene derecho a creer en Dios, en la verdad de los ojos de sus hijos, en la Revolución o en el futuro venturoso que le espera si se esmera en el esfuerzo. Pero “creer” en los medios es un acto de inocencia fatal y una grave inconciencia colectiva.
Por Carlos Polimeni
La actualidad política argentina sería imposible de pensar sin la presencia de los medios masivos de comunicación. Hasta el más desprevenido de los ciudadanos sabe, a esa altura, que los medios ven y analizan aquello que suelen llamar “la realidad” desde sus propios sistemas de relaciones, respondiendo mucho más a sus alianzas estratégicas que a los intereses de los consumidores. No parece raro que esto ocurra, porque en situaciones de crisis es normal que los involucrados saquen a relucir sus mejores y sus peores cosas. Cuando los enfrentados en un conflicto reclaman pertenencias y alineaciones, como generales que alistan tropas para las batallas, suelen caer al piso los ropajes de las apariencias. Los medios ya no son, entonces, simples espejos de lo que pasa, sino protagonistas activos de aquella realidad que transmiten a su público. Por dar un ejemplo de ficción: si dos de los principales matutinos de un país organizan una gran exposición agrícola anual, en cuyo derredor se mueven toneladas de dinero…¿cuál será su postura posterior, de producirse una crisis política entre una administración del Estado y los sectores del campo?
Para la sociedad argentina que ha mirado como un espectáculo por momentos interesante, por otros aburrido y en ciertos pasajes bochornoso la crisis generada cuando el gobierno intentó, con técnicas equivocadas, cobrarle mayores impuestos a los sectores más enriquecidos, será un hecho auspicioso, a la hora de los balances, dejar de creer a pie juntillas en la verdad de los medios. Cualquier ciudadano tiene derecho a creer en Dios, en la verdad de los ojos de sus hijos, en la Revolución, o en el futuro venturoso que le espera si se esmera en el esfuerzo. Pero “creer” en los medios es, en parte, un acto de inocencia fatal y, en parte, una grave inconciencia colectiva. Una sociedad evolucionada suele mirar críticamente los medios de comunicación, de la misma manera que lo hace con otras instituciones, desde las Fuerzas Armadas a la Iglesia, pasando por la educación pública y el matrimonio. Una sociedad que está en condiciones de consumir críticamente sus medios está mucho más cerca de alcanzar su propio sentido que aquella que permanezca acrítica ante ellos. En un país en que las dictaduras militares tuvieron alianzas desembozadas con los propietarios y directivos de diarios y revistas, mientras controlaban con esmero las radios y canales de televisión, la experiencia histórica debería bastar. Pero, ya se sabe, a veces, ni con la propia experiencia basta para no cometer errores lamentables.
La postura de varios de los grandes jugadores en el mercado de la comunicación ha generado en los últimos meses una serie de críticas indiscriminadas a los medios. Millones de ciudadanos hablan hoy en plural “de la televisión”, “los diarios” o “las radios” como si metiendo a todos en la misma bolsa fuese posible llegar a alguna verdad, aunque más no fuese relativa. Está claro que las generalizaciones, más que odiosas, son una herencia cultural de los totalitarismos del siglo XX, que lograron convencer a millones de personas de que todos los judíos, gitanos, homosexuales, opositores, comunistas, socialistas, anarquistas, librepensadores y negros eran más o menos iguales entre si, y por ende merecían el mismo destino. ¿Es lo mismo La Nación que Página/12, Crónica que Ämbito Financiero, Clarín que El Popular, Canal 13 que Canal 7, Encuentro que Canal 26, TN que Telefé., Radio 10 que Continental, Mitre que Nacional, Rock & Pop que Aspen? Aquel que habla en general de los medios ¿habla de los que consume, habla de los que desprecia, de lo que consumió al pasar, habla por hablar, habla por boca de ganso o habla porque es gratis? Lo mismo podría pensarse de los comunicadores: ¿puede meterse en una sola bolsa a Víctor Hugo Morales y Oscar González Oro, a Jorge Rial y Magdalena Ruiz Guiñazú, a Horacio Verbitsky y Ari Paluch, a Eduardo Aliverti y Joaquín Morales Solá, a Eduardo Feinmann y Fernando Peña, a Lalo Mir y Luis Majul?. La respuesta evidente es que no, pero la verdad es que se hace, constantemente.
Para mucha gente, el nivel de calidad de contenidos de la televisión es hoy alarmante. Pero ¿de que hablan cuando hablan de televisión argentina? ¿Hablan de la televisión de aire, de los canales locales de aire más los de cable, del acceso que se tiene a la televisión internacional a través de los sistemas nacionales de cable? Si alguien afirma que la televisión argentina es mala y perversa, seguramente no habla del Canal Encuentro, gestado hace tres años desde el Ministerio de Educación, o de los aciertos de programación de Canal á, o de varios programas que engalanan la grilla de Canal 7, como “Científicos argentinos” o “Lo pasado pensado”. Sin especificarlo, los que hablan de la televisión argentina toda como una calamidad, se remiten con certeza a un sistema personal de consumo catódico, en que acaso se valores de más lo que los medios –que en esto tampoco son creíbles a rajatabla—dicen que es bueno, o promocionan como si lo fuese, que la verdad estricta. Si alguien se sentara a hacer zapping 24 horas seguidas, con toda certeza disfrutaría de grandes propuestas de televisión si se moviese en un circuito que integrase los canales de películas, los de documentales, los de deportes, los culturales, los de historia. Formaría así su propia agenda de consumo y sería mucho más feliz –y sano- que aquellos que aún hoy se devanan los sesos por profundizar en las razones sociológicas que llevaron a la eliminación de Marianela Mirra de “Bailando por un sueño”.
Si las mayorías no les creen a los vendedores de baratijas que se cuelgan una víbora en las plazas de los pueblos para “enganchar” ilusos, o a los pastores protestantes que anuncian el fin del mundo para pasado mañana si uno no se arrepiente ya de los pecados y comienza a pagar un diezmo, ¿por qué confiar en que siempre dicen la verdad esos señores y señoras bronceados e impecablemente vestidos, que iluminados por luces que impresionan, y en unos ambientes modernos como el re carajo, leen de un aparatito que el público no ve las noticias que presentan en los noticieros? Hay centenares de miles de aficionados al fútbol que encienden la televisión para mirar partidos, pero sintonizan una emisora radial para no escuchar los dislates de esos narradores y comentaristas campeones mundiales en operaciones pro patronales y en chauvinismos larvados. He ahí un buen truco de consumidores de medios: te veo porque necesito tu información, pero no creo a pie juntillas en todo lo que decís.
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