Viernes 4 de Julio
Por Eduardo Anguita
No sólo este fin de su cautiverio, inesperado, es cinematográfico, sino casi toda su vida parece una historia de ficción. El padre, Gabriel Betancourt, era descendiente de burgueses franceses que tras ser ministro de Educación del dictador Gustavo Rojas Pinilla ocupó la embajada colombiana en la UNESCO, el organismo cultural de las Naciones Unidas. La madre, Yolanda Pulecio, es una intelectual y acomodada bogotana, que se coronó reina de la belleza de Colombia, donde abundan las mujeres bellas y que llegó a ocupar una banca de diputada así como distintos destinos diplomáticos. Ingrid se educó en el Liceo Francés y luego vivió por años en París, donde estudió Ciencias Políticas en los años ochenta. Allí se casó con un francés y tuvo sus dos hijos. La vida de Ingrid, hasta entonces, fue lo más parecido a la de aquellos privilegiados que no saben lo que son las privaciones. Su precandidatura presidencial, a fines de 2001, la encontraba en lo mejor de sus 40 años, bien relacionada y con chances reales de convertirse en una mujer protagónica en la convulsionada Colombia donde, por detrás de esa burguesía culta y consumista de Bogotá existía una caldera donde a las guerrillas de las FARC y el ELN se sumaban los escuadrones paramilitares y el despliegue incesante de tropas oficiales en todo el territorio. Atrás quedaban los famosos carteles de Medellín y Cali, los dos proveedores principales de la cocaína consumida en Estados Unidos. Ambos grupos mafiosos habían caído en desgracia. En 1993, tras convertirse en un mito, Pablo Escobar Gaviria moría en su ley y en su ciudad: a los tiros y en Medellín. Su muerte desmembró esa poderosa organización que manejaba los dólares suficientes como para comprar a los diputados de todos los partidos y arreglar una reforma constitucional que evitara la extradición de los capos de los carteles. Las cárceles para los jefes narcos eran tan seguras que Escobar, por momentos, prefería vivir en una –especialmente hecha para él, con grifería de oro- que en las calles. El cartel de Cali, liderado por Gilberto Rodríguez Orijuela no tenía mucho de diferente, y competía ferozmente con sus pares de Medellín, ambos grupos con respaldos firmes, unos en la Policía y los otros en el Ejército. Porque, sencillamente, el tráfico ilegal de cocaína en Colombia había superado holgadamente la producción y exportación tradicional, el café.
Ese país, que tan bien pintan Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis entre otros tantos, es un país donde muchas cosas parecen de película porque anidó y anida un entramado de poder, instituciones de doble estándar, despotismo, violencia, belleza, valentía, desprecio por la vida, valentía y negocios fabulosos. Para el fin del milenio, la caída en desgracia de los carteles de la droga no significaba el fin del narcotráfico. En todo caso, los paramilitares y también las FARC se financiaban con participación en ese negocio. Las FARC, que por décadas eran una organización revolucionaria que aspiraba al socialismo, se encontraba ante un mundo cambiado, sin países dirigidos por comunistas y con el agravante de que la relación entre la cúpula de las FARC con la Cuba revolucionaria era mala.
Ingrid prisionera
La captura por parte de las FARC de Ingrid y de su colaboradora Clara de Rojas en febrero de 2002 fue completamente descabellada. Ella era una precandidata liberal sin muchas chances, pero con una trayectoria honesta, con vínculos en Francia y sin conexiones mafiosas. Otro de los precandidatos liberales era Álvaro Uribe, cuya historia política era todo lo opuesto: era uno de los promotores del paramilitarismo y se había alineado con la política del Departamento de Estado y de Defensa. La irracionalidad de las FARC hizo que la víctima del secuestro fuera Betancourt. En ese entonces, la guerrilla era fuerte, contaba con zonas liberadas y podía jaquear y condicionar cualquier decisión de gobierno. Uribe, con sus manos sutiles, su rostro adolescente y la peinada prolija, tuvo la capacidad de desmembrar la guerrilla y de hacer creer que desmovilizaba a los paramilitares. Se convirtió, desde hace muchos años, en el hombre fuerte de Colombia, el que juega fuerte en la región de la mano de Estados Unidos y que se prepara a modificar la Constitución para intentar un tercer mandato.
La historia de la Operación Jaque tiene sin duda como socio estratégico a la elite del espionaje norteamericano. En consecuencia, la verdad de cómo se infiltraron o incorporaron a sus filas a buena parte de la dirigencia de las FARC no se va a saber. Como nunca se supo cómo los talibanes fueron los aliados de Estados Unidos en Afganistán en la guerra ruso-afgana. Afganistán está diezmado y el país más pobre del mundo fuera de África. Lo que sí se sabe es que los talibanes son también barones de la droga y que son los principales proveedores de heroína en Europa. Tampoco se sabe cómo se sostiene la dictadura de Myanmar, donde la pobreza es casi tanta como en Camboya y Afganistán pero que al lado de los pobres hay tráfico de armas y de drogas bajo la atenta mirada de grupos de inteligencia del llamado Primer Mundo.
Es inconsistente el camino de desestimar el relato de Ingrid Betancourt respecto de lo que sucedió esa tarde en la cual la subieron a un helicóptero que, en vez de llevarla a otro campo de flagelo en manos de las FARC, la trasladó a la libertad. Sería necio, estúpido, pensar que esa mujer, tras seis años, cuatro meses y 12 días en cautiverio, va a contar una fábula al mundo entero. Pero es ingenuo quedarse con una historia que es apenas un mal guión de Rambo: Uribe invitó al candidato republicano en las elecciones de Estados Unidos, John Mc Cain a participar de la velada y, además, mandó sin dilación a los tres agentes del Departamento de Defensa norteamericano liberados al lado de Betancourt. Sin duda, las miradas de los millones de ciudadanos del mundo, quedan (quedamos) impresionados ante el porte de esa mujer que sobrevivió al horror de un cautiverio injustificado. Nos perdimos, por lástima, el relato de los tres contratistas y también nos perdemos, por ahora, la trama oculta del poder y los negocios. O, acaso, ¿bajó el consumo o el precio de la cocaína en Estados Unidos? O, acaso, ¿quiénes sino el Gobierno de Uribe, las FARC, los paramilitares y los miles de norteamericanos en suelo colombiano, son quienes pueden saber cómo es y cómo se reparte el negocio de la droga por estos tiempos?
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