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Miércoles 9 de Julio de 2008

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Detrás de la noche y de la niebla

Viernes 2 de Mayo

Juan Bautista Puthod era militante de la Juventud Peronista en los setentas. Cuando lo detuvieron en plena época de la dictadura, lo encapucharon, lo torturaron hasta hacerle perder la vista de un ojo y lo pasearon por seis campos clandestinos de detención. Todo pasó en Zárate, donde vivía por entonces.

Por Eduardo Anguita

Después, lo trasladaron a la Unidad 9 de La Plata y lo convirtieron en un detenido legal. Sus carceleros muchas veces le recordaban acá te salvaste, pibe, ponete contento, no te quejes. Sin acusación judicial, pasó cinco años en las sombras.

Pasados los años, enjuto y con menos pelos, Puthod vive en Zárate: ahí se cruza, en la calle o el almacén, con tipos que lo torturaron, que violaron a mujeres con las que compartió las prisiones clandestinas o con otros que están acusados de participar de grupos de tareas, eufemismo para referirse a los militares y policías que ejecutaban el terrorismo de Estado.

Desde hace tres años, Puthod hace un programa de radio en una FM de Zárate destinado a promover los derechos humanos y a esclarecer muchos de los crímenes cometidos en la zona.

Zárate y Campana fueron considerados, en los setentas, como un cinturón rojo por las fuerzas represivas: allí había una gran concentración industrial y la persecución se centró en los delegados y miembros de comisiones internas de las fábricas. Eran lo que el caudillo radical amigo de los militares Ricardo Balbín llamaba la guerrilla industrial. Zárate y Campana tienen el feo privilegio de tener el mayor coeficiente de obreros desaparecidos.

Puthod fue elegido presidente de la Casa de la Memoria de Zárate y cumplió con su tarea: junto con sus compañeros, en los últimos años se dedicó a tomar mate con vecinos que solían no contar lo que habían visto y vivido por aquellos años. El resultado, de modo paciente y sistemático, lo fue volcando en archivos, charlas y denuncias penales. Puthod corroboró algo que sucede en casi todo el país, con el correr del tiempo y con la derogación de las leyes de impunidad, la gente habla, cuenta, se anima a señalar a los chacales. Ahora muchos de ellos están viejos y parecen inofensivos. Sin embargo, en la memoria de muchos de sus vecinos opera el efecto paralizante de recordarlos con la omnipotencia de los años de plomo.

 

Recuerdo de la muerte

Puthod no es supermán: además de ser tuerto –por efectos de la tortura- es diabético. Y un mes atrás sufrió un infarto. Quizá porque lo torturan los recuerdos o tal vez porque, como a cualquier cincuentón, la vida le avisa que no es inmortal.

Como para conjurar esas advertencias, había puesto entusiasmo en participar de la organización de un acto a llevarse a cabo el próximo viernes 16 de mayo. Entonces, se cumplirán 25 años del asesinato de los militantes montoneros Eduardo Carlón Pereyra Rossi y Osvaldo el Viejo Cambiasso.

Sí, faltaban apenas cinco meses para las elecciones convocadas por el dictador Reynaldo Bignone cuando Pereyra Rossi y Cambiasso tomaban un café en el bar Mágnum de Rosario. Como si el nombre fuera un símbolo de los tiempos de horror y una advertencia de lo que sucedería con ellos. El temible teniente coronel Pascual Guerrieri, jefe del centro clandestino La quinta de Funes, supo de la presencia de los cuadros montoneros y envió un equipo de represores a capturarlos. Fue el 14 de mayo. Tres días después, el ministerio del Interior y la jefatura de la Bonaerense difundieron sendos comunicados para referirse al enfrentamiento entre subversivos y fuerzas del orden en el que caían dos terroristas. Una patraña que encierra un viaje hasta el sitio donde fueron fríamente ejecutados: a la altura del kilómetro 103 de la ruta Panamericana, cerca de la localidad bonaerense de Lima, pegado a Zárate. Según esa versión, el enfrentamiento ocurrió a las 17.30 del sábado 14 de mayo, apenas unas horas después del secuestro. No obstante, cuando se hicieron las pericias, ambos militantes tenían señales claras de picana eléctrica en sus cuerpos y, para que no hubiera dudas, tenían el tiro de gracia en la nuca.

De acuerdo a la historia oficial, los militantes habrían muerto luego de un intenso tiroteo con efectivos del Comando Radioeléctrico de la Unidad Regional Tigre, al mando del entonces oficial inspector Luis Abelardo Patti, quien estaba secundado por el sargento Rodolfo Diéguez y el cabo Juan Amadeo Spataro. Todos los diarios y las organizaciones de derechos humanos hablaron de fusilamiento. El entonces Jefe de la Bonaerense, el ex general Fernando Verplaetsen, felicitó a los policías. Dijo públicamente: Acá se parte de la base de que (los tres policías) son malos y actuaron mal, y yo creo que actuaron muy bien. Patti y los dos suboficiales recibieron el beneplácito del dictador Bignone, quien los calificó como tres jóvenes valientes.

Patti es el mismo que días atrás, cuando los diputados le negaban condición moral para sentarse en una banca, se dedicó a hablar de la Constitución, la ley y los votos. Es cierto, algunos miles de personas lo votan. Es cierto, cientos de miles de alemanes votaban a Adolf Hitler y al Nacionalsocialismo en Alemania. Por estos días, pero en 1945, entre el 2 y el 5 de mayo de hace 63 años, caía Berlín en manos del Ejército Rojo y quedaba sepultado el poder nazi. A partir de allí, el mundo comenzó a conocer la maquinaria criminal montada. Entre otras sofisticaciones para exterminar y aterrorizar, los nazis habían decretado la Nacht und Nebel (Noche y Niebla en castellano): autorizaba la deportación y eliminación en secreto de sus adversarios. Ese decreto fue considerado como uno de los antecedentes históricos de la desaparición forzada de personas por el Estatuto de Roma en 1998, cuando se cumplían 50 años de la Declaración Internacional de los Derechos del Hombre.

Puthod no es supermán, pero estaba trabajando para que, a 25 años del asesinato de Cambiasso y Pereyra Rossi, sus responsables paguen sus culpas. Y, sobre todo, para que sus vecinos de Zárate no tengan que vivir con el sayo de haber sido el cinturón rojo de los años de plomo.

Y más de uno se debe haber puesto nervioso. Entre otras cosas porque anduvo mucho por Lima, buscando testimonios de vecinos acerca de lo que había sucedido aquel 14 de mayo. Y por estos días, hubo varios casos de advertencias violentas. Se metieron en la imprenta de Pelota de trapo, la ONG dirigida por Alberto Morlachetti dedicada a recuperar y contener pibes de la calle: un grupo comando, cuyos integrantes llevaban uniformes tipo grafa, entró, rompió y robó. Otro episodio lo vivió Marcelo Cafiso, director de Nuestra América, una editorial que tiene títulos de autores comprometidos, como suele decirse cuando los libros cuentan historias que no son del gusto de la derecha. Un empleado de Cafiso recibió un golpe de un cincuentón que llevaba una manopla. El tipo fue reducido por los comprometidos y cuando lo soltaron les empezó a contar cosas de sus vidas, con todo conocimiento.

Zárate tiene hoy 130.000 habitantes, después de Pilar, tiene el parque industrial más importante de la provincia de Buenos Aires. Hoy hay trabajo, por las rutas pasan cientos de camiones con soja y girasol hacia los puertos que se extienden desde allí hasta Rosario, por el mismo camino que hicieron Cambiasso y Pereyra Rossi antes de ser asesinados ¿Y qué querían esos dos dirigentes montoneros? ¿Por qué estaban clandestinos en la Argentina en vez de quedarse fuera del país sin arriesgar sus vidas? No sirve hacer historia conjetural, pero por entonces muchos militantes recibían documentos clandestinos en los que se podía leer, de modo alarmante, todo lo que había retrocedido el país: la deuda externa había crecido de modo exponencial, unos pocos grupos económicos concentraban las ramas principales de la industria, la banca y la energía, la distribución de la riqueza era tremenda: una brecha inmensa separaba a unos pocos ricos de una inmensa mayoría de asalariados sin derechos. Por esos años, muchos pensaban que Argentina merecía un mejor destino. Algunos, como Pereyra Rossi y Cambiasso, se arriesgaban por si acaso era posible lograr cambios.

 

Relaciones peligrosas

Aunque parezca vertiginoso cambiar la mirada hacia la economía y las cifras en seco no digan mucho, conviene retener algunos datos.

Por estos días se habla mucho de la inflación y de lo molesto que es llegar a la carnicería y no encontrar los cortes populares o comprar pan a precios insólitos. No estaría mal recorrer el espinel y conocer realmente quiénes se benefician –y tienen la capacidad de provocar- la inflación. Un artículo reciente del economista Horacio Rovelli consigna: La fuerte concentración económica hace que grandes empresas fijen los precios. 

Recordemos que las primeras 500 empresas que más facturan del país representan el 24% del PBI. Según datos de la Encuesta Nacional de Grandes Empresas del INDEC,  las primeras de esas empresas obtuvieron durante el año 2005 ganancias por $ 38.000 millones (Unos Unull 12.700 millones), pagaron salarios por $ 20.157 millones (Unos Unull 6.700 millones) y emplearon sólo a 561.328 personas (sobre una Población Económicamente Activa estimada en 16.000.000 personas).  Con un agravante: de esas 500 primeras empresas, 337 son extranjeras. Por otra parte -dice el artículo de Rovelli- de inmediato, el Índice de Precios al Consumidor del INDEC, desde el 1 de enero del año 2002 (devaluación y salida de la convertibilidad) al 31 de diciembre de 2007 creció algo más de un 100%, mientras que el Índice de Precios Mayoristas lo hizo por encima del 200% (similar incremento que el dólar) y, dentro de ellos, los Precios de los Productos Primarios (acero, petróleo, cemento, entre otros) acumuló un incremento, en ese período, del 300%.

Desde ya, estos números merecen un estudio más pormenorizado y no es bueno simplificar las causantes del aumento de precios ni es bueno pensar que las grandes corporaciones toman decisiones al garete respecto de los precios. Pero, de todos modos, ante el secuestro y posterior liberación de Puthod, ¿no será conveniente pensar el país, su economía y sus derechos más allá del lastre de la noche y la niebla?

 

 

 

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